VARÓN Y HEMBRA LOS CREÓ
Génesis 2:4–25 nos invita a detenernos y mirar otra vez el relato de la creación, como si el texto dijera: “Espera, que te lo explico de nuevo”.
Un puente que amplía el relato
El versículo 4 funciona como puente con lo anterior: no cambia la historia, la amplía. De hecho, en el original aparece una expresión que suele traducirse como “generaciones” (RV la vierte como “orígenes” y NVI/NTV como “historia”), una fórmula que se repetirá en 5:1, 6:9, 10:1, 10:32, 11:10 y 11:27 para ir marcando diferentes secciones del relato: la historia de Adán, la historia de Noé, y así sucesivamente.
Con ese recurso, el texto nos avisa de que ahora veremos el mismo marco desde un ángulo más cercano, más relacional.
Dignidad y polvo: la “ambivalencia” humana
Y en ese acercamiento aparece, con fuerza, lo que podríamos llamar la “ambivalencia” del ser humano. Por un lado, somos portadores de la imagen de Dios: Él sopló vida en nosotros, algo que no se describe de la misma manera respecto al resto de seres vivientes. Pero, por otro lado, también somos polvo: lo más simple y humilde de la tierra.
Esa tensión no degrada al hombre, sino que lo sitúa con precisión: dignidad recibida de Dios y, a la vez, dependencia total de Él.
El nombre de Dios y la cercanía
En esa misma línea, también cambia el modo de nombrar a Dios. Hasta Génesis 2:3 se usa “Elohim”; a partir de 2:4 y siguientes aparece “YHWH Dios”, es decir, el nombre personal de Dios junto con “Elohim”.
Aunque las traducciones pueden variar en matices, la idea es clara: el texto subraya cercanía. No se trata solo del Creador poderoso, sino del Dios que se da a conocer y se relaciona.
El huerto, el centro y el límite
Luego el relato nos lleva al huerto. Dios planta un huerto para el hombre porque lo ama y lo cuida, y eso ya dice mucho del carácter de Dios: no crea al ser humano para abandonarlo, sino para proveerle un lugar y un marco de vida.
Pero aquí conviene ordenar bien el centro: en el centro del huerto no está el hombre, sino lo que Dios pone allí y de lo cual priva al hombre. Esa “privación” no es caprichosa; marca un límite que protege la relación y ubica a cada uno en su lugar.
Idea a subrayar: el límite no aparece como capricho, sino como protección de la relación y del orden.
Conocer el mal: comunión vs. atajo
El árbol del conocimiento del bien y del mal apunta, desde luego, a una elección moral, pero también puede expresar el deseo de “conocerlo todo”, de ocupar el lugar de Dios, de decidir por cuenta propia lo que es bueno y lo que es malo. Esa fue la tentación, y el texto conecta ese impulso con una lógica más antigua: el querer ser como Dios (cf. Ezequiel 28:6, citado a menudo en esta línea).
Además, es importante notar un detalle: el árbol era “agradable”, pero esa misma descripción se aplica al resto de los árboles. No destacaba por su apariencia; el atractivo estaba en lo que prometía otorgar.
Y ahí aparece una enseñanza profunda: el ser humano terminó conociendo el mal por experiencia, es decir, lo conoce porque lo probó. Pero el plan de Dios era otro: conocer el mal por contraste con el bien, a través de la comunión con Él, sin necesidad de atravesarlo por dentro.
Dicho de forma sencilla: Dios ofrecía una vida centrada en la relación; el pecado ofrecía un atajo hacia la autonomía, y ese atajo siempre cobra un precio.
Si miramos alrededor, el conflicto sigue siendo el mismo. Queremos estar en el centro, ser los importantes, decidir lo bueno y lo malo como si fuéramos la medida de todas las cosas. Y, delante de cada uno, se repite la decisión de Génesis: ¿queremos relación con Dios o queremos experimentar el mal para “aprender” por las malas?
Varón y mujer: igualdad, ayuda correspondiente
El texto avanza y aterriza esa relación con Dios en relaciones humanas concretas, especialmente en la relación entre varón y mujer. Antes, se nos cuenta que Adán pone nombre a los animales, y conviene recordar lo que tantas veces se ve en la Biblia: el nombre no es solo una etiqueta; tiene peso, define.
Al nombrar, Adán identifica y da significado, describe y distingue. Sin embargo, ese ejercicio deja al descubierto algo: entre todo lo creado no aparece una ayuda correspondiente, alguien “frente a él”, a su altura relacional.
Por eso, cuando el texto presenta la creación de la mujer, no la introduce como rival ni como amenaza, sino como respuesta a una necesidad humana fundamental: la de relacionarse con un igual. El ser humano, hecho a imagen de Dios, está orientado a la relación; y esa imagen implica también que no fue diseñado para la soledad.
En un mundo que a menudo interpreta la diferencia como conflicto, este pasaje insiste en otra dirección: colaboración e igualdad en dignidad, junto con complementariedad en funciones o características. No somos idénticos, pero sí poseemos la misma dignidad delante de Dios.
Exclusividad y transparencia en el matrimonio
Además, la relación matrimonial se describe con una nota clave: exclusividad. El texto dice que el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y que serán una sola carne. Eso no significa olvidar a los padres ni dejar de respetarlos y cuidarlos, sino establecer un orden: la nueva unidad que se forma no admite interferencias.
“El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.”
Referencia: Génesis 2:24
La intimidad que se expresa como “una sola carne” se refuerza con la escena de estar desnudos sin vergüenza: transparencia, seguridad y confianza sin necesidad de máscaras.
“...estar desnudos sin vergüenza: transparencia, seguridad y confianza sin necesidad de máscaras.”
Referencia temática: Génesis 2:25
Cuando Dios vuelve a ocupar el centro
Y, si queremos que nuestras relaciones reflejen algo de esta belleza original, el pasaje nos llama a seguir el modelo que muestra: una relación entre un hombre y una mujer, vivida en complementariedad y fidelidad, y en dependencia de Dios.
Cuántos problemas nacen en los hogares, justamente, por no saber esperar, por no confiar en los tiempos de Dios y por querer tomar decisiones desde el impulso, en lugar de desde la obediencia y la sabiduría.
Reflexión final
Génesis 2 no solo cuenta cómo fue al principio; también nos enseña dónde se rompe el orden y dónde se reconstruye: cuando Dios vuelve a ocupar el centro.

Muy buena reflexión!! Dios hace todo perfecto .
ResponderEliminarGracias Ana por tu comentario, toda la gloria sea al Señor por su bondad y misericordia derramada en todas sus obras. Dios te bendiga.
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