¿CÓMO PUEDO SALVAR MI ALMA?
JESÚS TRAE BUENAS NOTICIAS
(Marcos 1:14–15) — Esperanza en Cristo para corazones quebrantados
Texto base
Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.
Marcos 1:14–15 (RVR60)
1) El anuncio del Rey: “Arrepentíos y creed”
El inicio del ministerio de Jesucristo no es un consejo moral ni una invitación superficial: es la proclamación de un Rey. Con su llegada, el “tiempo se ha cumplido” y el Reino de Dios se ha acercado. Eso significa que Dios irrumpe en la historia con autoridad, con exigencias claras y con una noticia definitiva: hay salvación, pero también hay urgencia.
Vivimos días de confusión, dolor y caos; pero el punto central no es adivinar fechas ni alimentar curiosidades sobre el fin. El punto central es responder al llamado de Cristo hoy. Él no viene con voz temblorosa: viene a declarar el reino de Dios y a exponer la verdad de nuestra situación. Cristo trae una esperanza real, pero el hombre debe tomar una decisión, y esa decisión marcará su destino para siempre. Dios quiere darnos una nueva oportunidad para restaurar nuestra relación con Él.
2) El problema real: la caída y el pecado
Para entender por qué este anuncio es tan serio, hay que mirar atrás. Dios creó al hombre para su gloria, en un mundo bueno, con propósito, orden y belleza. Adán y Eva fueron creados rectos, sin mancha, y puestos bajo un mandato sencillo: "De todo árbol del huerto podrás comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás" (Génesis 2:16-17). Dios le dio al hombre un mundo maravilloso y lleno de deleites, pero ellos decidieron seguir el susurro de la serpiente, quisieron ser igual a Dios y comieron del fruto prohibido.
Adán desobedeció voluntariamente. La caída no fue un “error inocente”: fue rebelión. Y ese pecado trajo consecuencias que no se detuvieron en el Edén: alcanzó a toda la descendencia. Por eso la Escritura habla de una humanidad marcada por la corrupción del corazón: no solo hacemos cosas malas; somos, por naturaleza, inclinados a lo malo en pensamientos y hechos.
Aquí está el diagnóstico que el mundo rechaza, pero que explica todo: el mayor problema del ser humano no es la falta de educación, ni la falta de recursos, ni la mala suerte. El mayor problema del hombre es el pecado. Y ese pecado no es una “imperfección” sin importancia: es infracción, culpa y oposición a Dios que nace de un corazón inclinado al mal de forma voluntaria; por eso a los niños no hay que enseñarles a hacer lo malo, es algo que nos nace de adentro, así como el egoísmo y las malas acciones.
3) La ley de Dios: entendiendo nuestro mayor problema
Muchas personas tienen una idea falsa del juicio: “Dios pondrá mi vida en una balanza; como no he matado a nadie y he hecho cosas buenas, seguro que estaré bien”. Pero esa no es la vara de medir de Dios. Dios no compara tu vida con la de otros; la compara con su ley, y su ley exige perfección.
“El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas”.
Romanos 10:5 (RVR60)
“El que obedece todas las leyes de Dios menos una es tan culpable como el que las desobedece todas”.
Santiago 2:10 (NTV)
Esto destruye de raíz la autojusticia: no necesitas “ser peor que otro” para estar perdido; basta con ser culpable ante Dios. Por eso, en vez de hablar en abstracto, la ley te pone delante un espejo. Y cuando te miras con honestidad, no sales ileso. Nuestra realidad es esa: al morir, Dios juzgará nuestra vida y no lo hará en base a nuestras buenas acciones comparadas con otras personas, sino que lo hará con su santa ley, los diez mandamientos. Vamos a ver alguno de ellos para ver cuál será nuestro veredicto final.
Primer mandamiento: “No tendrás dioses ajenos”
Dios exige ser amado por encima de todo. Pero ¿cuántas veces nuestro “dios” real es el dinero, el placer, la aprobación, el ocio, la imagen, la comodidad, la pareja, los hijos o el éxito? El corazón humano fabrica ídolos con una facilidad impresionante. Y la idolatría no es solo arrodillarse ante una estatua: es vivir para algo (o alguien) por encima de Dios.
Si nunca has amado a Dios con todo el corazón, con toda tu alma, ya eres culpable, pues nos amamos a nosotros mismos por encima de todas las cosas y amar a Dios nunca estuvo en nuestros planes.
Sexto mandamiento: “No matarás” (y Cristo lo lleva al corazón)
Aquí muchos se defienden: “Yo no he matado a nadie, no soy un asesino”. Pero Jesús confronta la raíz del homicidio: la ira, el desprecio, el insulto, el odio. Mateo 5:22 enseña que el problema no es solo la mano que golpea, sino el corazón que arde y la boca que destruye.
¿Cuántas veces has guardado rencor? ¿Cuántas veces has deseado el mal? ¿Cuántas veces has despedazado a alguien con palabras o lo has “matado” en su reputación? Cada vez que criticamos a alguien por la espalda, lo matamos delante de los demás; la lengua es un arma silenciosa que todos usamos con demasiada facilidad. Delante de un Dios santo, eso no queda “pequeño”; para Él, esto es igual al asesinato, tal como lo reveló Jesús en el Sermón del Monte.
Noveno mandamiento: “No mentirás”
La mentira está normalizada: “mentiras piadosas”, excusas, medias verdades, manipulación para quedar bien o para evitar consecuencias, o cuántas veces mentimos para sacar beneficio económico ante las dificultades o simplemente por querer vivir mejor. Pero Dios no negocia con la mentira. La pregunta es simple: ¿has mentido alguna vez? Si la respuesta es sí, entonces eres mentiroso ante la ley de Dios. Y el corazón sabe que, si Dios abriera “el historial” completo, nadie podría justificarse y todos somos mentirosos en menor o mayor manera, o lo hemos sido en algún momento.
Octavo mandamiento: “No robarás”
Muchos solo entienden el robo como entrar a una casa. Pero el robo adopta formas “respetables”: ventajas indebidas, trampas, fraude, ocultar lo que no conviene, aprovecharse de sistemas, buscar “atajos” a costa de otros. Aun cuando el mundo lo excuse, Dios lo ve.
Y esto es solo una muestra. Si la ley te examina de verdad, el resultado no es: “Soy bastante bueno”. El resultado es: “Soy culpable”. Cuando la ley hace su trabajo, el ser humano deja de hablar de “comparaciones” y empieza a ver su necesidad real. Porque la ley no fue dada para acariciar tu ego, sino para cerrarte la boca y llevarte a admitir lo que eres delante de Dios. Solo tienes que hacer las cuentas de cómo has vivido, y si solo pecaras una vez al día por 365 días del año, ya son 365 pecados y, si vivieras 80 años, acabarías con una cuenta de 29200 pecados; eso, mi querido amigo, son bastantes problemas.
4) La solución de Dios para tu vida
Si Dios es justo, no puede declarar inocente al culpable sin más. Un juez que absuelve al criminal “porque es bueno” es un juez corrupto. Y Dios no es corrupto: su trono es de justicia perfecta.
Por eso el pecado tiene paga: Romanos 6:23 declara que “la paga que deja el pecado es la muerte”. Y la Escritura advierte de una condenación real en el infierno para toda la eternidad para los que persisten en rebelión. Esta realidad no se anuncia para entretenimiento morboso, sino para que despiertes y huyas a la única esperanza que es Cristo.
Y aquí entra el centro del evangelio: Dios no te pidió que te salvaras a ti mismo. Dios hizo lo que tú no podías hacer. En su amor y sabiduría, envió a su único Hijo.
Jesucristo es el único que cumplió el estándar de Dios: vivió sin pecado, obedeció perfectamente esa ley que tú y yo hemos roto miles de veces, amó a Dios con todo su ser y al prójimo como a sí mismo. Luego fue a la cruz voluntariamente: tomó tú lugar, cargó con tu culpa y la de todos los pecadores y recibió el castigo que merecíamos. Él vivió la vida que tú y yo no supimos vivir y murió la muerte que tú y yo sí merecemos para darnos una salvación de la que no somos dignos.
Y no quedó ahí: resucitó. Eso significa que su obra es real, suficiente, eficaz. No es un mito para consolar: es un acto histórico y poderoso de Dios para salvar.
Por eso, cuando el pecador oye el evangelio, pide perdón por su mala vida y todos sus pecados y se rinde a Cristo, Dios hace un milagro: da un corazón nuevo, declara justo al que cree (no por méritos propios, sino por la justicia de Cristo), reconcilia al enemigo y lo adopta como hijo.
5) Qué debes hacer hoy: arrepentimiento y fe
El llamado de Jesús no es: “Mejórate un poco”. Es: “Arrepiéntete y cree”.
Arrepentirse no es solo llorar. No es solo sentirse mal. No es un rito. No es ir a la iglesia por costumbre. Arrepentirse es ponerte de acuerdo con Dios: admitir que has pecado, que has vivido para ti, que has ofendido a un Dios santo y que mereces juicio. Es bajar el puño del orgullo y renunciar a seguir justificándote.
Y creer no es solo “creer que Dios existe”. Creer es poner toda tu confianza en Cristo y en su obra: que su muerte es suficiente, que su sacrificio te limpia y te restaura, que su resurrección garantiza vida, y que Él es Señor y Rey de tu vida. Es entender que Cristo vivió la vida perfecta que tú y yo jamás hemos podido vivir y que en la cruz el sufre el castigo que iba dirigido a nosotros por nuestros pecados, el Justo por los injustos, para de esa manera poder pagar el precio de nuestra desobediencia y regalrnos su justicia.
No pospongas esto. Nadie tiene garantizado el mañana. La pregunta no es si estás “casi listo”; la pregunta es si hoy te vas a rendir al Rey porque quizás mañana no estés aquí, nadie sabe cuando va morir realmente y morir sin Cristo es la mayor desgracia para un ser humano.
Oración de arrepentimiento y fe
Si deseas entregarte al Señor hoy, puedes orar con sinceridad (no como fórmula vacía, sino como clamor real del corazón):
“Señor Dios, reconozco que he pecado contra Ti. He vivido para mí, he quebrantado tu ley en pensamientos, palabras y hechos, y no tengo cómo justificarme. Te pido perdón por mis pecados y confieso que merezco tu juicio.
Hoy me arrepiento: renuncio a mi rebelión, a mis excusas y a mis ídolos. Me rindo a ti Señor Jesucristo. Creo que Jesús murió en la cruz en mi lugar, que su sacrificio es suficiente para perdonarme y que resucitó al tercer día. Pongo toda mi confianza en Cristo y en su obra, no en mis méritos.
Señor Jesús, sálvame. Sé mi Rey y mi Salvador. Dame un corazón nuevo, aparta de mí el pecado y ayúdame a vivir para Ti por el poder de tu Espíritu Santo. En el nombre de Jesús. Amén.”
En el amor de Cristo
Carlos Martinez

Comentarios
Publicar un comentario